• Alejandro Gracida Rodríguez

El cine mexiquense y el derecho a la autorrepresentación.

Por: Alejandro Gracida Rodríguez




Miradas Locales está sucediendo, el festival de cine mexiquense arrancó su sexta edición el 28 de octubre. La edición de la pandemia, del encierro, del virus y la crisis desfondada será también la ocasión propicia para que el cine hecho en nuestro malquerido Estado de México pueda verse en todo lo largo y ancho del país. Es gracias, también, a que la plataforma digital FilminLatino pudo sobrevivir en su reciente batalla contra la tijera presupuestal que hoy podemos contar con un escaparate idóneo para contrarrestar la centralización del cine nacional o, al menos, tratar de revertir un poco su histórica obsesión de desarrollarse casi exclusivamente en uno o dos polos de producción.


Paradójicamente, es en estos momentos de riesgo sanitario, de incertidumbre económica y cancelación de los fideicomisos para ciencia y cultura, que los cines regionales y el cine independiente han podido encontrar caminos para hacer frente a los muchos problemas de distribución y exhibición que padecen sus películas, condenadas a ínfimos circuitos de proyección. Tan sólo en los últimos meses, por poner un ejemplo, hemos podido acceder en FilminLatino a festivales de cine hechos en estados como Querétaro, Aguascalientes, Tamaulipas y Jalisco. Nunca antes habíamos tenido tanta diversidad y oferta fílmica al alcance de nuestros ojos.


Llega el turno del Estado de México y, personalmente, estoy ansioso por conocer la propuesta de quienes nacieron o radican en estas tierras desprolijas y cargadas de prejuicios en el imaginario nacional. Especulo sobre una posible geografía de las producciones que encontraremos en este festival e inevitablemente pienso en las visiones de dos grandes valles: el Valle de México y el Valle de Toluca; cada uno con sus miserias y esplendores. Ambos valles condenados a la dinámica de ser el satélite de un centro que nos expropió el derecho a la oferta cultural, el centro que nos relegó a ser la periferia que alberga a la gente que construye sus avenidas y sus edificios, el espacio de hacinamiento de los que no tienen cabida en sus paseos dominicales de bicicletas. No es queja. El Estado de México se ha encargado de forjarse una identidad propia, la identidad del desamparo, de la megalópolis desigual, del “quita cobija y tira a barranca”.


Es por eso que considero fundamental la existencia de espacios como Miradas Locales porque reclaman el derecho a construir una narrativa propia por parte de quienes habitamos estas tierras arrasadas. Sé que gran parte de las historias no necesariamente girarán en torno a las condiciones de nuestra entidad ni quiero que se me interprete como el que busca regodearse en la inmundicia de uno de los estados más violentos del país. Al contrario, creo que es necesario y urgente revertir las representaciones de los realizadores que se asoman a nuestros valles como saqueadores de imágenes, cazadores de locaciones sui generis y glotones de la pornomiseria.


Creo que nos toca apelar a la validez de enunciar nuestras vivencias, de edificar nuestras leyendas, llenar el hueco de un espacio vacío y gris para construir nuestros recuerdos y nuestra vida misma.

¡Enhorabuena y larga vida a Miradas Locales!

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